GENESIS 1 La lluvia sobre la ciudad de los perros
Los satélites quedaron como enormes pájaros siderales, perdidos en su rumbo fijo, transmitiendo señales que nadie leería jamás. Las fuentes fluyeron hasta que el musgo tapo los desagües y asalto las calle,arrastrando la mugre. Los coches quedaron convertidos en cascarones inútiles sin la menor posibilidad de movimiento. Pero antes se apagaron las luces, la ciudad quedo sumergida en la oscuridad, los edificios se convirtieron en gigantes monstruosos, inmóviles en medio de una noche que parecía no acabar, yo lo vi; era el 5 de febrero y creo recordar que el reloj digital de una farmacia dio las doce y media antes de sucumbir al apagón mas grande de la historia. Aunque a veces pienso que lo soñé, de hecho, creo que casi todo lo que recuerdo de aquellos días parece un sueño: las calles vacías, los comercios saqueados por los últimos idiotas que se quedaron en la ciudad, los perros, todos los perros de la ciudad aullando al unísono cuando cayo la noche sobre la humanidad y la lluvia, la persistente y tenaz lluvia que llego tres días después del apagón. Una lluvia que duro mas años de los que puedo recordar, que acabo dándole al mundo el aspecto de una ciénaga donde los cangrejos andaban por las estatuas y donde una vez vi a un tiburón que nadaba tranquilo entre la primera planta de un centro comercial. Lo bueno de aquellos días es que no les vimos, habían desaparecido de las ciudades, y sus asaltos habían sido tan medidos que apenas habían signos de la violencia de la que eran capaces, mas tarde descubrí lugares donde se había librado la mas encarnizada y desigual de las guerras, pude ver la torre Eiffel echa pedazos y Berlín convertida en un enorme páramo de ceniza, pero eso fue mucho después. Porque mientras, yo pensaba que se habían ido todos, la ciudad era tan silenciosa y se veía tan vacía que ni tan siquiera pensé que ellos podrían volver…me relaje, creí que por fin, todo había acabado.
Recuerdo vivamente el aire de aquella época, durante la lluvia el ambiente se volvió denso y pesado, incluso mal oliente, a veces pensaba que los peces iban a pasar flotando a través de las calles, me agotaba con cualquier esfuerzo y subía a las azoteas para salir del marasmo de calor y humedad de las calles. Oí decir que durante la lluvia muchas centrales nucleares explotaron por falta de mantenimiento y que los lugares adyacentes se convirtieron en cementerios, pero aquí no, aquí la lluvia borro de golpe nuestra inmundicia y dejo el aire mas puro de lo que jamás imagine. Aquella fue una mala época, me di a la tarea de contar el tiempo; después de cinco años, seis días y tres meses caí en la conclusión de que nunca pararía de llover, me acostumbre al sonido del agua y lo convertí en un silencio, mas hipnótico que cualquier otro; buscaba los lugares mas altos y desde los grandes rascacielos, escapando de las inundaciones, pude ver los ríos que atravesaban la ciudad. De vez en cuando los coches se amontonaban en los pasos subterráneos formando presas que después reventaban sacudiendo la tierra con su estruendo de volcán y lanzando por los aires los coches de lujo, las motos de colección y los incontables tesoros que arrastraba aquel encarnizado diluvio. Había tormentas instantáneas y periodos de calma en los que todo se sumía en el sopor bajo una lluvia tierna y maloliente, algunas noches caían truenos por doquier, pero todo estaba tan mojado que nada podía arder. Una mañana un sol inclemente entro por los ventanales de mi refugio y cuando abrí las ventanas creí escuchar a todos los pájaros de la tierra cantar y las calles tomadas por manadas de perros hambrientos. Entonces llego la selva, yo recorría la ciudad buscando los vestigios de cuanto pudiera quedar cuando me di cuenta que el musgo avanzaba sigilosamente entre los edificios, que las raíces de los árboles despedazaban el asfalto a una velocidad espantosa y nacían flores en las estanterías y entre los adoquines, cuando quise darme cuenta la ciudad estaba invadida por una hierba joven que me alcanzaba las rodillas y los edificios rechinaban de dolor por que la vegetación empezaba a malograr sus cimientos. Fue una batalla rápida y silenciosa, el mundo construido por los hombres sucumbió sin resistencia a la fuerza de la naturaleza. Y es que desde que ellos llegaron y usaron sus potentes armas contra nuestro mundo este pareció cambiar y su ritmo lento pero incansable se volvió loco, las plantas crecían tan rápido que incluso pude ver el cadáver de un perro a través de cual crecían flores amarillas ante mis ojos.
Llegue a añorar la lluvia. Mientras llovía podía recoger la comida que pasaba flotando frente a mi edificio; no imagináis la cantidad y variedad de alimentos que durante esos años alcance con una caña de pescar o aventurándome entre las algas de los hipermercados cuando bajaba la marea. A pesar de los cinco largos años que duro la lluvia no puedo decir a que pasara grandes necesidades, más allá de la melancolía que sufría por las neveras y despensas llenas que se pudrían fuera de mi alcance. Pero al acabar este diluvio todo se torno mas complicado, los perros, que por su eterno arte de supervivientes no sucumbieron a la lluvia, eran de razas grandes y ágiles ,fieros y determinados atacaban en grupos de diez o doce y se convirtieron en mi primera amenaza como ultimo hombre en la ciudad. Por la noche sus aullidos me helaban la sangre y tuve que dormir rodeado de sus excrementos para que mi olor a carne fresca no los trajera hasta mi cuello. Al final acabe oliendo como ellos, moviéndome tras ellos; cuando encontraba uno muerto(normalmente por sus propios compañeros)me restregaba su sangre sobre la ropa, la barba y el pelo y logre escapar de ellos durante un año entero. Pero igual que la naturaleza los perros también cambiaron; se volvieron , mas suspicaces y mas inteligentes, se organizaron mejor que los lobos y tomaron al asalto los lugares donde yo buscaba mi comida. Sinceramente no se que comían, por que después de la lluvia yo me alimentaba de latas, que era lo único que sobrevivió al diluvio, pero no supe de donde sacaban su sustento hasta que vi las ratas; había miles , gruesas como el brazo de un atleta y con un pelo castaño y brillante como si estuvieran recién lavadas. Ni tan siquiera me temían, subidas en los cascarones que quedaban de los coches se levantaba sobre sus cuartos traseros y olfateaban el aire, siguiéndome con sus hocicos, pero impasibles ante mi presencia. Una vez entre, huyendo de una manada de perros, en una ferretería y habían tantas ratas que tuve que esconderme en un armario a toda prisa y pude oír desde dentro como cientos de ellas roían la puerta con frenesí hasta que mis anteriores perseguidores las pusieron en fuga. Volviendo a mi refugio con lo poco que recogí aquel aciago día, me di cuenta que derrotada la civilización, me había convertido en otra presa. De día me movía por los tejados y evitaba la calle todo lo posible, de noche me agarraba a un arma y apretaba los dientes cuando los perros aullaban a la oscuridad; encontré un vehiculo militar y conseguí un fusil y cuatro cargadores así como unos prismáticos, durante días analice el arma y su funcionamiento, hasta ese día renegué de las armas como persona pacifica que era ,pero cuando volé por los aires de un solo disparo mi primera lata, me sentí poderoso y asomando la cabeza por la ventana grite con todos mis pulmones “!venid a por mi hijos de perra!” entonces los perros contestaron ; ladraron y ladraron hasta que el aire se saturo de su ira y yo me derrumbe, llorando y amarrándome al fusil.



