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GENESIS 2 La tierra de la primavera

por tusitala
miércoles, 25 de noviembre del 2009 a las 23:18
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Cuando la lluvia ceso el aire se perfumo como nunca antes lo había imaginado, tanto que a veces costaba respirar, cuando el viento soplaba arrastraba tantos pétalos y hojas que las señales, los coches y las cabinas de teléfono, los edificios enteros quedaban cubiertos por completo y después estos caían y flotaban en el aire y parecía que un gran desfile estaba pasando, era como si la primavera hubiera tomado la ciudad y la hubiera transformado en un idílico cuadro. Sin embargo la primavera que siguió al diluvio trajo el reinado de los perros y las ratas , yo vivía atemorizado, aun a pesar de estar rodeado de una belleza singular. Cuando los aullidos y ladridos callaban, la ciudad se convertía en un marasmo de silencio, interrumpido repentinamente por la caída de algún aparato de aire acondicionado cuyos soportes cedían ante el imparable avance del oxido. Los edificios mas altos empezaban a caer uno tras otro, aquella yerba joven que vi nacer en las calles después del diluvio se había transformado en árboles, parecidos a las acacias pero de mas frondosas copas, su  tronco era en la base tan grueso que un hombre adulto no podría abrazarlo y algunos trepaban con sus ramas por los edificios, asfixiando con su abrazo la estructura hasta que esta se despedazaba y caía dejando si acaso los huesos de metal del gigante, donde los árboles volvían a reclamar su territorio. De esta forma se crearon enormes bóvedas arboladas que Tolkien hubiera envidiado para sus elfos pero donde yo no entraba, pues los perros las usaban como refugios. Y todo esto en solo un año desde que volvió a salir el sol, yo me preguntaba si no era que la naturaleza, aprovechando la ausencia del hombre reclamaba por fin los territorios conquistados cuando el primero de los nuestros hirió la tierra con su primitiva azada. Quizá, pensándolo fríamente, no había sido tal el desastre; ellos vinieron, lo destruyeron todo y entonces la tierra reacciono y en lugar de convertirse en un desierto de muerte y desolación, como habría acabado de seguir nuestro rumbo, renació con fuerzas imparables y apetito voraz. Llegue a esta conclusión y horrorizado de mi mismo caí en la cuenta que había pasado casi siete años sin ver a nadie, y no me sentía solo. Me preocupaba mas mantenerme caliente en la noche, a salvo de los perros o del estado de mi arma y la escasez de munición, que el hecho irrefutable de que no había tenido contacto con nadie y lo peor, quizá  no lo volvería a tener…deseche pronto la idea, de todos los hombres de la tierra yo no era el mas ducho en la supervivencia y sin embargo allí estaba, sin duda otros, mejor  preparados en el momento del desastre, se habrían salvado en otros lujares mas o menos lejanos.

  Ensimismado en sobrevivir cada día me propuse rescatar cuanto quedara de bueno de nuestro paso por el mundo; los libros, los buscaba de cualquier tema y autor y los limpiaba y cuidaba con devoción de madre. Llegue a almacenar cientos de ellos, la verdad es que eran muy pocos teniendo en cuenta los editados en el mundo y los habidos en la ciudad, pero he de decir que el diluvio y la selva se encarnizaron especialmente con la literatura escrita. Andaba yo buscando cuanto se pudiera salvar del mundo escrito, pues del resto apenas quedaba, cuando empezó a escasear la comida; las latas se agotaron en las casas y mercado ,esquilme hasta la ultima alacena, armario y contenedor en mas de un kilómetro a la redonda y dieron para años pero nada era eterno en la tierra de la primavera. Las ratas fueron mi momentánea solución, las cacé con las pocas trampas que encontré y después con lazos, trampas para zorros de una tienda de deportes que me surtió de cuerdas y arneses, hice fosos cubiertos de hojas y sacrifique la poca comida de lata que me quedaba; veintidós santas latas de magro por las que llore como un niño. Pero el sistema requirió una vigilancia excesiva y las ratas aprendieron el oficio de presa mejor que yo el de trampero. Pero la ciudad era grande, solo había que andar. Así que ande, el norte fue mi primera intuición, siguiendo el río que antaño fuera una gran avenida. La vegetación se hacia mas y mas frondosa, tenia un machete bastante degradado pero todavía afilado que me servia para abrir la trocha, pero hubo un momento en que la selva se revolvió contra el machete; al segundo día de marcha las hojas eran duras y las ramas tenían espinas afiladas, los árboles ocultaban el sol en grandes tramos y oportunas lianas caían de las copas, enredándose con mis brazos y atrapándome a cada paso. Además, me había perdido, ya no sabia donde estaba el norte, dudaba de a ver seguido el rumbo desde el principio. Así que me subí a un árbol y vi edificios a los lados, muy cercanos, al fondo había una señal de calle peatonal, mas allá se veía una plaza enorme, libre de árboles y con edificios bajos, como un polígono industrial: apenas doscientos metros, pero doscientos metros plagados de una vegetación que era incapaz de cruzar, un muro verde y amarillo mas impenetrable que si fuera de piedra.

 

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tusitala escribió esta anotación hace 2 meses. En ella habla sobre Ciencia-ficcion.

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